domingo, 28 de marzo de 2010

Domingo de Ramos

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer” (Lc 22, 15)
Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:
Con la celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, hemos inaugurado con toda la Iglesia la celebración anual de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús. Ya desde el comienzo de la Cuaresma nos hemos venido preparando con la oración, la penitencia y la caridad para la celebración del Santo Triduo Pascual, para que participando ahora de la Cruz del Señor merezcamos un día participar en su gloriosa Resurrección.
Dios es lo más importante y trascendental de nuestra vida concreta
Jesús entró en la ciudad santa de Jerusalén sentado en un asno, en un “piajeno” diríamos nosotros los piuranos, que ni siquiera era de su propiedad.
Al hacerlo cumplió con la profecía de Zacarías, que anunciaba que el Rey de Israel, el Salvador, vendría a su pueblo justo y humilde cabalgando sobre un burro, hijo de asna (ver Zac 9, 9).
Los caballos en los tiempos del Señor representaban el poder militar y mundano. Con su ingreso a Jerusalén montado en un “piajeno” prestado, Jesús quiere expresar que Él carece de todo poder terrenal y que su verdadero poder reside en su confianza absoluta en Dios, su Padre.
De esta manera Jesús nos enseña que quien excluye a Dios de su vida y sólo se fía de los poderes de este mundo terminará irremediablemente por caminos equivocados y destructivos. “Donde Dios desaparece, el hombre no es más grande, pierde su dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro”(1),enseña el Santo Padre Benedicto XVI. En cambio quien afirma a Dios y se confía a Él, llega a conocer el misterio de su propia identidad y el sentido del mundo en el que vive, haciéndose capaz de vivir de manera auténticamente humana y de construir un mundo realmente digno de la persona humana, en paz, reconciliación, justicia y amor.
En los tiempos en que vivimos, ¿No estamos expuestos al peligro de pensar que Dios no es la primera necesidad para el hombre, y que el desarrollo técnico y económico es más urgente que el espiritual? ¿No pensamos también que las realidades espirituales son menos eficaces que las materiales? ¿No sucede con frecuencia en nuestra vida que en medio de nuestras ocupaciones diarias, Dios pasa a un segundo plano?
La Semana Santa es ocasión propicia para tomar conciencia que Dios es lo más importante y trascendental de nuestra vida concreta y de que Dios tiene un nombre y un rostro: Jesús de Nazaret, quien hoy viene a nosotros como nuestro Rey montado en lomos de un burrito prestado. Por Él tenemos acceso al Padre. Por ello dejémonos guiar por Jesús para aprender el modo correcto de ser hombres y llegar al Reino de los Cielos. Sin Cristo Rey no hay camino y sin camino no hay verdad ni vida. Pongamos a los pies del Señor nuestras vidas mismas y no sólo ramos de olivo, vestiduras o palmas y proclamemos a voz en grito: “Bendito el que viene como rey en nombre de Señor” (Lc 19, 39). Sólo así encontraremos la vida verdadera que podremos comunicar a la sociedad y al mundo de hoy.
El Amor no es amadoPor el evangelista San Lucas sabemos que al inicio de la Última Cena, Jesús pronunció las siguientes palabras: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer” (Lc 22, 15). A lo largo de los tres años de su ministerio público, el Señor Jesús ha esperado con ansia el momento de entregarse totalmente por amor a nosotros para convertirse para siempre en nuestro don de salvación. Ahora bien: ¿Cuál es nuestra respuesta al anhelo de Jesús? Es decir: ¿Cuál es nuestra respuesta a su amor por nosotros que llega hasta el extremo de la Cruz? Seamos honestos: frecuentemente una gran indiferencia y un inmenso desdén interiores.
Peor aún, en esta Semana Santa algunos como Judas lo traicionarán y lo venderán cambiándolo por cualquier cosa. Otros como Caifás y sus secuaces lo odiarán y querrán nuevamente acabar con Él buscando acallar la voz de Su Iglesia, negándole el derecho que a Ella le asiste de hacerse presente en la vida pública y de iluminar con la luz del Evangelio la realidad social. Algunos como el cobarde y el pusilánime de Pilatos no tendrán el valor de ponerse de su lado y defenderlo sabiendo que Él es inocente, y más aún, el Camino, la Verdad y la Vida, y así se dejarán vencer por la presión de la mayoría y por el temor al qué dirán. Otros como Herodes vivirán frívolamente estos días santos en medio de mundana diversión y del pecado.
Cuán verdadera y vigente es aún para nuestros tiempos la conocida expresión de San Francisco de Asís: “el Amor no es amado”. Hagamos de esta Semana Santa una ocasión preciosa para crecer en el amor al Señor Jesús, y reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, para adorarlo, amarlo y servirlo con entrega total, concientes que de ello depende nuestra felicidad y salvación.
Mirar la Cruz y en ella al CrucificadoEn estos días santos detengámonos a rezar ante el Crucifijo, con la mirada puesta en el costado traspasado del Señor. Quien lo hace sinceramente, no puede menos que experimentar en su interior la alegría de saberse amado y el deseo de amar y de ser instrumento de misericordia y reconciliación.
“La Cruz es la inclinación más profunda de la divinidad hacia el hombre, un toque de amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena”(2). Por el misterio de la Cruz, el Señor Jesús se ha inclinado ante nuestros sucios pies, ante la inmundicia de nuestros pecados y nos ha lavado y purificado con su amor excelso.
Dejémonos tocar por su Amor crucificado para así ser hombres y mujeres nuevos y santos. No importa cuán lejos nos hayamos ido de su presencia o cuán profundo hayamos caído, su amor es más grande que todos nuestros pecados y su misericordia es capaz de perdonarlo y renovarlo todo. Si a través de un arrepentimiento sincero y por medio de la confesión sacramental, propia de estos días santos, nos dejamos introducir en su Amor, quedaremos lavados y nuestras vidas transformadas con un horizonte de total esperanza. Recordemos lo acontecido a San Dimas, el buen ladrón crucificado con Jesús, de tanta devoción entre nosotros. A Dimas le bastó un solo movimiento de puro amor para que toda una vida criminal le fuera perdonada.
Como Dimas, ¿Haremos de la Semana Santa una ocasión preciosa, quién sabe la última de nuestra vida, para que a través del sacramento de la reconciliación pidamos sincero perdón por nuestros pecados y así nos ganemos el cielo?
“Y resucitó al tercer día, según las escrituras” “Cristo ha resucitado”. La resurrección de Cristo es el fundamento de la fe cristiana que confesamos con la Iglesia en palabras que se remontan hasta la comunidad originaria de Jerusalén, hasta la predicación del mismo Jesús y que hunde sus raíces en el Antiguo Testamento. ¿Qué sucedería si la Resurrección de Jesús no hubiera tenido lugar? Significaría que Jesús sería un muerto más, que su historia hubiera terminado el Viernes Santo. Jesús sería alguien que alguna vez fue. Significaría que Dios no quiere o no puede intervenir en la historia para liberarnos del mal y quitar el peso del poder de la muerte de nuestras vidas.
Pero no, “Cristo en verdad ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24, 34), como atestigua el Evangelio, y por tanto el Amor que es Dios, manifestado en Cristo Jesús, es real, existe y nos salva, y ha vencido al pecado y a su fruto más amargo: la muerte.
En el día santo de Pascua no hay lugar para la tristeza o la desesperanza. Nuestras vidas y nuestro mundo, por más dificultades que podamos encontrar en ellos, tienen esperanza, futuro y porvenir en Cristo. Más aún, la Pascua nos recuerda que este mundo no está cerrado en sí mismo sino abierto a la trascendencia, a Dios-Amor, Uno y Trino, y que un día con la última y definitiva venida de Cristo resucitado y glorificado, podremos pasar de la celebración del misterio de esta Pascua a la Pascua que no acaba donde nacerán los “cielos nuevos y la tierra nueva” (ver Ap 21, 1).
Una semana para vivir en el amor, bajo la guía de Santa MaríaQué grandes son los misterios que celebramos en Semana Santa: la institución del Sacerdocio y la Eucaristía; el mandamiento del amor fraterno; la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
Mi invocación a todos para que participemos piadosa y activamente en todas las celebraciones eucarísticas, liturgias y actividades de Semana Santa de nuestras parroquias, siguiendo la máxima que dice: “no amemos con tibieza a Dios que nos ama con tanto ardor”(3). A los sacerdotes de la Arquidiócesis los exhorto a que preparen la celebración del Triduo Pascual con todo esmero y reverencia. Que sobre todo en este Año Sacerdotal, los fieles cristianos nos encuentren más disponibles que nunca para la confesión sacramental, sacramento de tanto aprecio y práctica entre nuestro pueblo cristiano, especialmente durante estos días santos.
Confiémonos en estos días al amor maternal de Santa María, Madre de Cristo y de la Iglesia. Ella estuvo fiel al pie de la Cruz, uniéndose al sacrificio de su Hijo, cooperando con amor de Madre a nuestra reconciliación. Después que el Señor Jesús fue colocado en el sepulcro, María es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio glorioso y sorprendente de la Resurrección. En su condición de Madre del Señor Jesús, es la primera que recibe el Domingo de Pascua la visita de Cristo resucitado. Por todo ello, quién mejor que Ella para guiarnos a vivir la Semana Santa en toda su riqueza y belleza.
¡Feliz Pascua de Resurrección! Que el Señor resucitado colme nuestras vidas de esperanza, de aquella que brota de saber que Él ha resucitado y ha vencido para siempre el pecado y la muerte.
Jose Antonio Eguren Anselmi s.v.c

Arzobispo de Piura

3 comentarios:

maria jesus dijo...

Que tengan una santa semana. Feliz Pascua.

Tengo bastante fastidiado un nietecito que es asmático. Recen por su curación, por favor.

Un abrazo

por todo lo que nos une. dijo...

SE FUE JESUS A REZAR

ERAN DOCE ALMAS BUENAS
APÓSTOLES DEL SEÑOR,
PERO EN LA ÚLTIMA CENA
UNO DE ELLOS LO ENGAÑÓ.

Y JESUS QUE LO SABÍA
ALLÍ MISMO LO AVISÓ,
Y SAN JUDAS IZCARIOTE
POR TRES VECES LO NEGÓ.

Y MARIA MAGDALENA
CON SUS MANOS ACARICIÓ,
EL SANTO GRIAL CON PENA
DEL MISMO JESUS BEBIÓ.

Y AL MONTE DE LOS OLIVOS
SE FUE JESUS A REZAR,
Y ALLI LE HICIERON CAUTIVO
POR SAN JUDAS Y SU MALDAD.

ESTRIBILLO

Y A CUESTA FUE CON SU CRUZ
POR EL PUEBLO ABANDONAO
ENTRE GRITOS DE DOLOR,
PEOR QUE UN LADRÓN TRATAO
POR NOSOTROS SE ENTREGÓ.

LETRA.- MANUEL COZAR BAÑEZ
Nº SGAE.- 40.563

eligelavida dijo...

¡Feliz Pascua de Resurrección!!